Poemas - Navegante

Ante cualquier fachada externa, he ahí una teja de estaciones vividas,
recorridas por todos los climas;
que no hay de ver hendiduras a la vista,
como el polvo que se acumula por debajo de esas horas más vivas.
De vientos y soles, de brisas y briznas,
las que, por más que envuelvan sus cimientos —los que nunca fueron—,
su vista sigue aún digna de nuevos tiempos.
Y que, aunque ya envejecida, estructurada y perdida entre las demás,
aguarda en la espera de aquella estación más fortuita:
aquellos que nunca fueron, esos falsos cimientos,
su inútil caída.

Todo es árido y desértico, desamparo en el más remoto universo, hasta que llamo y me atendés. A partir de entonces, me siento parte; siento que pertenezco a este espacio aún desconocido. Y cuando sé que estás viniendo, ya te estoy esperando... como esos soldados que esperan las cartas de sus seres queridos en lugares y tiempos lejanos.Esa arena de aquel desierto, que antes era polvo, se vuelve sólida cuando te veo llegar, y frágil, como tu piel, cuando la empiezo a sentir. Pero, ¿qué más puedo escribir yo? Si soy un simple espectador en esta contienda; si, hasta que no aparecés, soy solo la sospecha de cualquier curioso que pasa a mi lado, o un forastero en tierra ajena.

A veces, insistir demasiado en el propio malestar es una forma involuntaria de sostenerlo.Se suele confundir pensamiento positivo con claridad, cuando muchas veces es solo un recorte cómodo.Las cosas siguen siendo lo que son.Tal vez la lucidez consista en admitir el conjunto: lo favorable y lo adverso, sin jerarquías artificiales.

¿Y qué si el viento no acaba de soplar,
y nadie lo repara, y nadie lo detiene?
Que pueda seguir soplando,
y que, al arder del sol, nunca se quiebre, a pesar de los rayos;
y que, al resplandor de la luna, lo encuentre como cobijo,
tal como a la costa del mar, como un impulso.
Sopla y sopla, viento bendito…
Seguirás así:
a veces como una simple ráfaga imperceptible;
otras, como un huracán, arrasarás.
Y si hay reparos, no te dejes vencer,
ni por la gravedad de las gaviotas parlanchinas en lo alto.
Sigue fuerte, soplando.
Sigue fuerte en las alturas y en las llanuras,
acariciando las praderas
y el rostro de aquel hombre en penurias…
Sigue así.

A veces quiero que termine todo, hasta que lo escribo y lo envío.
Pero ¿qué pasa si algún día no tengo esa oportunidad?
¿Si algún día me veo desprovisto del “cómo”?
¿Cómo manifestarlo si no puedo?
He ahí mi discordia, en la cual me hundo con fuerza y no paro hasta ahogarme.
¿Incluso ahogado habrá manifestación?
¿Será tal la afectación de aquel que, cual repentino viajero hacia el fondo, exprese el recorrido de regreso hacia el maldito exterior que lo hundió tan enérgicamente?
¿Sale con agallas y portento, o tendrá el deseo de contemplar el hundimiento aledaño?
¿Sale con brisas que auguren otros tiempos, o con un huracán que lo lleve, como un ventrílocuo, a ser un simple muñeco de tienda barata?
¿Sale ileso o destrozado, intentando que no vean su súplica?
Ya no hay submarinos ni buzos interesados, porque no llegan a ese lugar.
Nadie llega.
Solo las rocas más sumergidas son testigos, pero ellas no pueden hacer nada.
La flora que allí habita le tuerce con fuerza el cuello, y los peces malévolos entran y devoran lo preciado.
Pero no pueden llegar a un punto… al punto en donde la cuerda dio su vuelta mortal, no dejando paso a nadie.

De pequeño… dibujando en los vidrios empañados de un coche clásico y bien cuidado, evocaba seguridad y bienestar; la casa del abuelo, voces distantes a mi alrededor, un bello silencio acompañado de un tango que luego, más tarde, aprendí a llevar su ritmo.Sabía en el fondo que el hogar estaba en su completitud y yo simplemente en el asiento de atrás, haciendo garabatos sobre ese vidrio empañado por mí.El pasillo largo con enredaderas, ¡cuántas veces lo habré recorrido! Sin darle mayor importancia, ahora en mis recuerdos está intacto: la mesa principal de los comensales, el pollo asado, frente a frente con él.Mi abuelo siempre me preguntaba “¿Y? ¿Cómo está?”; diez puntos con las manos siempre respondía. Nos mirábamos y sonreíamos, él, detrás de unos lentes de experimentado, yo, un pequeño observador y cómplice de la situación.Esto pasaba todos los domingos; era un cliché y a veces me incomodaba.Quizá le tendría que decir algo más, pensaba yo.Pero creo que los dos, y más él, sabíamos que ese era nuestro momento: él preguntaba y yo validaba genuinamente su constancia, a través de los años.Nada, reminiscencias… emociones, tradiciones, espíritus…